Estuve durante seis meses alejada de la pantalla de televisión.
Voluntariamente.
Sin prejuicios o misticismos.
Simplemente quería probar la fuerza de mi amor por alguien. Resultó un ejercicio edificante y provechoso.
Por estos días vuelvo a encender el silencioso aparato y me encuentro con otro mundo. No sé si cuando la dejé estaba tan acostumbrada a la nadería y al lugar común, que ahora, con un ojo limpio y un tanto crítico, no encuentro nada que mirar.
Dirás que exagero.
Tal vez.
Visto fría y lógicamente, estos últimos días me he remitido a Los Simpsons y eso sería todo.
¡Ah!, y el TV. Tiempo. Hasta eso lo hallo más divertido que los programas estelares, cercanos a una apertura forzada del lenguaje, de la imagen y, como seguramente sucede, al interés comercial.
Me da la impresión que concurriré con más frecuencia a la Biblioteca donde estoy inscrita, me dedicaré a la vida monástica, tomaré un curso de repostería, parapente o natación (ahora que se viene el verano con todo), pero tele, ¿para qué desperdiciar mis días en tanta vanalidad?
No sé si tú, pero yo, paso.
jueves, septiembre 30, 2004
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